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La utopía de una tierra unida

Debido a la pandemia que vivimos hoy en día, muchos estamos centrándonos en el presente, pues esta clase de situaciones hace difícil tener metas a largo plazo. Lo que se quiere es, por ahora, llevar el día a día.

Por un lado, se tiene una exponencial caída del comercio exterior, reducción de las actividades económicas en general y un consecuente hundimiento de las bolsas de valores.

Todo ello nos interpela a pensar nuevas formas de construir la cotidianidad como mundo, ya no sólo como ciudadanos de un determinado país.

Por ejemplo, los filósofos Byung-Chul y Zizek han estado de acuerdo en que el modelo económico debe de modificarse. El primero, apuesta por una reformulación del capitalismo, y el segundo, por un comunismo reinventado. Aunque hay claras diferencias, una similitud es central, la necesidad de cambiar.

Asimismo, esta necesidad no es ajena al derecho como ciencia que busca, dentro de lo posible, regular la vida en sociedad.

En ese sentido, quiero reflejar lo mencionado por el jurista y filósofo Luigi Ferrajoli en una entrevista realizada por el diario español El País. En esta, menciona la importancia de la creación de una Constitución mundial. La globalización y el auge de las tecnologías que han permitido acercarnos tanto, suponen, también, que compartamos los mismos problemas. El hambre, las crisis migratorias, el cambio climático, y hoy en día la pandemia del coronavirus, son problemas que tenemos como sociedad mundial y no como individuos autónomos.

Por ello, las respuestas a problemas mundiales deben de ser coordinadas supraestatalmente, pues hoy en día una herida en el brazo izquierdo también afecta al pie derecho. La caída de la economía China o estadounidense no es solo problema de ellos, sino de todos los países que dependen de aquellas economías. Esta pandemia mundial ha desnudado las carencias que tenemos como países para actuar coordinadamente. Mientras unos ya llegan al mes de cuarentena, otros recién la implantan. La idea de Estado-Nación debe de re-editarse para permitir la construcción de un Estado-Mundo que esté al servicio de los seres humanos.

Por ello, es necesario re-pensar cómo se afrontan estas dificultades. Cómo se mencionó previamente, de nada sirve, por ejemplo, tener un presidente en el Perú que lleve a cabo una serie de medidas socio-políticas y económicas para prevenir la propagación del virus, si nuestro vecino en Brasil hace exactamente lo contrario. Las fronteras entre los países son márgenes creados de la nada, y no son respetados por enfermedades como la que tenemos hoy día.

Hay varias opciones, es cierto. Mas en este escrito presento solo lo mencionado por Ferrajoli: promover una Constitución de la Tierra, un texto que pueda estar a la altura de los desafíos actuales y que garantice, a través de la construcción de instituciones supranacionales, decisiones homogéneas que puedan llevarnos en una misma dirección para luchar contra los muchos retos del mundo actual.

Como país, creo pensar que nuestras autoridades ya han dado cuenta de ello, y si es así, deberían de comenzar a tejer alianzas estratégicas para llevar a cabo la construcción de una solución mundial, como, por ejemplo, se hizo con la creación de las Naciones Unidas y la proclamación de la Declaración Universal de Derechos Humanos, como ideal común por el que todos los países debían de regirse.

Las utopías son difíciles de construir, es cierto, más no imposibles, solo hay que empezar a caminar.

Adrian Bazo Cannock
Egresado de la Escuela Profesional de Derecho de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya

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